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miércoles, 22 de abril de 2020

“Alea iacta est” (“la suerte está echada”)

“Alea iacta est” (“la suerte está echada”)

                                                                 Cayo Julio César

Pero, como resulta, que los necios siempre intentan enmendar su error con otra necedad mayor, a Pompeyo no se le ocurre otra idea, para neutralizar a César, que ordenar la disolución del ejército con el que éste había conquistado para Roma aquel inmenso territorio al norte de la península Itálica, ejército que se encontraba acampado en una de las riberas del río Rubicón (en el centro norte de la península Itálica).

           Juan Manzanares. KW 77    22 de abril de 2020

Con motivo de lo que está ocurriendo en España en este tiempo criminal de pandemia, acuden a mi mente recuerdos de lucha y de muerte en momentos que, gracias a la historia, a sus personajes y a sus voceros nos los han transmitido.

Uno de esos momentos fue, sin duda, el acontecido allá por el año 49 a. C. cuando Julio César, recién llegado de la larga Guerra de las Galias, en la que el insigne general, con 10 legiones (aproximadamente 48.000 hombres) había derrotado a unos 3.000.000 de guerreros galos y se había anexionado para la República, nada menos que unos 600.000 kilómetros cuadrados (aproximadamente la superficie de lo que hoy ocupa Francia, Bélgica y Luxemburgo). A pesar de ello, el Senado romano se negaba a reconocerle a su general los honores por esa victoria, con la excusa de que su mandato simplemente se limitaba a pacificar y contener la ofensiva de las tribus helvecias y germánicas en la Galia Cisalpina (norte de Italia), mientras que Julio César se había pasado más de cien pueblos.

En realidad, una de las causas que motivaron ese rechazo al reconocimiento por el Senado de las victorias de Julio César, en esa Guerra de las Galias, fue la envidia de Pompeyo, que vio en César un enemigo para su cargo de Cónsul de Roma (la máxima autoridad), cargo al que había accedido cambiando la forma de elección, aprovechando que los dos triunviros que junto a él formaban lo que se llamó el Primer Triunvirato (Marco Licinio Craso, Julio César y el propio Pompeyo), se encontraban defendiendo a la República alejados de la metrópoli (Craso en la Provincia de Siria, en la que perdió la vida luchando contra los partos y Julio César en la Galia). No en vano, señalaba Séneca que “La envidia es un dardo pernicioso contra los mejores.”

Pero, como resulta, que los necios siempre intentan enmendar su error con otra necedad mayor, a Pompeyo no se le ocurre otra idea, para neutralizar a César, que ordenar la disolución del ejército con el que éste había conquistado para Roma aquel inmenso territorio al norte de la península Itálica, ejército que se encontraba acampado en una de las riberas del río Rubicón (en el centro norte de la península Itálica).

Julio César, conocedor de los propósitos de Pompeyo, quien hasta muy poco tiempo antes había sido aliado político suyo en el llamado Triunvirato, además de yerno por el matrimonio con su hija, de la que había enviudado, se sintió ofendido y despreciado, siendo, además, que era ya curtido entrando en la cincuentena y no precisamente del talante de un cobardiano, por lo que no queriendo abusar de la lealtad de sus aguerridos y veteranos legionarios, provenientes de la reciente campaña de las Galias, es por lo que solicitó voluntarios de su tropa para dirigirse a la capital a explicárselo a Pompeyo, a cuya petición obtuvo una respuesta unánime de sus fieles guerreros, que se pronunciaron al unísono: “O César o nada”.

Ante esa respuesta, que debería poner el vello de punta hasta al más cobarde, Julio César dirigió su mirada hacia el horizonte, hacia la otra orilla del río Rubicón, conociendo que le esperaba la guerra civil y, cruzando dicho río, pronunció una frase para la historia: “Alea iacta est” (“la suerte está echada”), sabedor de que ya no cabía vuelta atrás; no cabían diálogos, no cabían mesas de negociación, ni tampoco cabían pactos del Palatino, porque, como dijo Marco Tulio Cicerón: “Las leyes callan cuando las armas hablan.”

Sin ánimo de equiparar esa situación histórica ocurrida en el Siglo I a. C., porque, de momento, no es comparable, más allá de la irreversibilidad de las acciones tomadas por el Gobierno de Pablo Iglesias y otros en pleno estado de excepción, - encubierto por una lona con la pegatina de “estado de alarma”- sí que es verdad, y ahí sí que cabe comparación, que para este Gobierno la suerte está echada y que, no solamente no quieren dar marcha atrás en sus actos de corte marxista y totalitaria en lo político y jurídico, sino que no pueden, porque obcecados en su propia negligencia persisten en el “error”, con la arrogancia del necio Pompeyo, queriendo ocultarlo con otra necedad mayor, como la de querer amordazar, no sólo a los medios de comunicación que puedan hacer preguntas incómodas, comprometedoras o embarazosas, sino a monitorizar las redes sociales para clasificar a los ciudadanos en categorías de “afectos” y “no afectos” al Gobierno, utilizando presuntamente a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado (confesión del número dos de la Guardia Civil, General Santiago) para obtener dichas informaciones contrarias a los derechos fundamentales y libertades individuales en cualquier Estado de Derecho.

Es por ello, estimados doña Inés Arrimadas y don Pablo Casado, permitidme deciros, que vuestro apoyo al Gobierno solamente les sirve para blanquearles y protegerles de las presuntas responsabilidades penales y civiles a las que tengan que enfrentarse, porque la suerte está echada, y no hay vuelta atrás, porque son malos, pero no tontos. Los tontos son los que les siguen el juego, consciente o inconscientemente.

Pero a ver, doña Inés y don Pablo:
¿De verdad creéis que el Gobierno de Pablo Iglesias y otros, cuando se harte de pediros prórrogas del estado de excepción que le autorizáis en fraude de ley, se va a rendir al Estado de Derecho?
¿De verdad creéis que el Gobierno de Pablo Iglesias y otros no va a comprar apoyos entre los enemigos de España sobrerrepresentados en el Parlamento por una Ley Electoral partitocrática?
¿De verdad creéis que quienes han animado a decenas de miles de mujeres a participar en actos de contagio del coronavirus el 8M van renunciar a perseguir a los que los quieren perseguir a ellos por sus actos presuntamente delictivos, graves y negligentes?
¿De verdad creéis que la Fiscal General de Estado, doña Dolores Delgado, -Ministra de Justicia de ese mismo “Equipo” hasta el mes de febrero pasado -, y participante también (según aparece en las fotos) en la cabeza de la manifestación del 8M en Madrid, junto al Ministro del Interior Grande Marlaska y otros miembros (y miembras) del Gobierno, va a observar comportamientos presuntamente delictivos o responsables en el mismo, así como para promover la acción de la justicia?
¿De verdad creéis que con el Gobierno de Pablo Iglesias y otros, la instrucción de los procesos penales la van a seguir haciendo Jueces independientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente a la Constitución y al imperio de la ley, tal y como establece el artículo 14 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal y artículo 1 de la LOPJ, para posibilitar que les juzguen a ellos?

Si, de verdad, creéis eso; que el Gobierno de Pablo Iglesias y otros, os van a permitir que pongáis en marcha los mecanismos del Estado de Derecho que aún funcionen, para verse en el banquillo de los acusados, o sois el otro pedal de la misma bicicleta, cuyo manillar no lo maneja Pedro Sánchez y, por tanto, estáis para ayudar a diluir sus presuntas negligencias y responsabilidades, o vivís en los mundos de Yupi.

Como, para el Gobierno de Pablo Iglesias y otros, la suerte está echada, y no hay vuelta atrás en su camino de servidumbre totalitaria, sólo cabe cruzar inmediatamente el rubicón de todas las instancias, tanto españolas como europeas (de la ONU ya ni hablo, por su podredumbre), pero ahora, no cuando lo diga Pablo Iglesias, y exigir en este momento la dimisión ipso facto del Gobierno de Pablo Iglesias y otros; la anulación del estado de alarma fraudulento; el levantamiento del régimen penitenciario a que tienen sometida a la población (con horarios de salida a la calle y reclusión incluidos); la constitución de un Gobierno de Emergencia Nacional que actúe como cualquier Gobierno serio: efectuando test masivos a los ciudadanos para aislar los casos de portadores de contagio, y permitiendo que cualquier empresa o instancia administrativa pueda comprar en el mercado nacional o internacional los equipos de protección necesarios para hacer frente al virus y, seguidamente, la convocatoria de elecciones generales.

De no hacerlo así y ahora, no encontraréis en lugar alguno tribunal que juzgue a Pablo Iglesias y a los otros de los presuntos delitos, negligencias y responsabilidades de que se les acuse, y, lo que es peor, los juzgados seréis vosotros.

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