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martes, 25 de agosto de 2020

El Sabio experto

El sabio experto
Wladimiro Martín      KW77     11.08.2020


Ningún día es igual que el otro y sin embargo se presentan idénticos. En lo básico difieren
poco. Sale el sol que, lentamente, se va levantando en el cielo. Más calor a cada rato que
sube el sol. Los episodios de cada jornada se suceden sin ruido; el desayuno, el aseo, le
lectura, ver televisión… Luego el sol empieza a decaer, también la temperatura. Se
aprovecha la tarde y parte de la noche para pasear, algo más frescos, en verano. Las
terrazas de los bares se llenan. Lo mismo de cada noche.
Sin embargo, no hay un día igual al anterior. Siempre hay margen para que alguien te lo
haga diferente. Incluso tú mismo puedes salirte de la rutina y hacer de ésa, una jornada
diferente. 
Hablando de rutina, el Diccionario de la Real Academia Española la define como
“costumbre o hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y de manera más o
menos automática”. De eso se trata, de no tener que pensar o tomar decisiones. Todo un
ahorro.
Lo bueno de la rutina es eso: no tener que tomar decisiones. Lo malo de la rutina es eso:
no tomar decisiones.
Me explico.
Hay una economía en lo rutinario que nos permite pasar de una cosa a la otra sin tener
que tomar una decisión para ello. La primera conclusión es que eso de pensar puede
paralizar, incluso puede asustar… ¡lleva trabajo! Pero también podemos ir más allá en
esta reflexión. Si lo fiamos todo a lo rutinario es que, en el fondo (en alguna cosas, al
menos), alguien está legitimado a tomar por nosotros esas decisiones, No me refiero
ahora a si me lavo los dientes y en qué momento hacerlo. Me refiero, más bien, a lo que
llamamos usos sociales, sobre todo a las costumbres que regulan la sociedad; a la
convivencia. 
Por fortuna la convivencia se resuelve con multitud de actos en los que casi no hay que
pensar. Saludar al llegar, pedir permiso para pasar a una habitación o sala cerrada,
despedirse al irse, hablar del tiempo cuando se entra en un ascensor… Claro que lo malo
es cuando alguien impone actos (usos sociales) en situaciones que revisten cierta
excepcionalidad. Entonces todos nos volvemos reflexivos y queremos saber de dónde
emana la autoridad del que impone las nuevas normas o usos sociales.
Se presupone que un experto lo es porque tiene experiencia, es persona experimentada
en algo. De alguna manera tiene sabiduría.
Hace poco he leído un cuento que viene al pelo (valga la expresión). Paso a contarlo a mi
manera.
Un joven se puso enfermo pero sin síntomas preocupantes (asintomático se diría ahora).
No obstante su madre le llevó al médico por prevención. El médico vio que aquello era
más grave de lo que parecía por lo que aconsejó al muchacho guardar una semana de
ayuno y tomar una pócima.
Pero el joven era incapaz de ayunar. Un día sin comer y rugía como un león en busca de
algo que llevarse a la boca. Se ponía como loco. Tan sólo consintió en tomarse la pócima.
Así es que su madre buscó otra solución.
La mujer había oído hablar de un sabio al que fue a visitar con su hijo de la mano. Le
explicó al anciano el caso. El maestro reflexionó y tras un rato pidió a la mujer que
volviera con su hijo en una semana; precisamente en una semana.
Pasados siete días el sabio recibió la visita de la madre con el hijo al que dijo:
“Si no guardas ayuno una semana asumirás un gran riesgo”.
La mujer quedó desconcertada. Esperaba algo lleno de sabiduría. Algo que a nadie más
se le hubiera ocurrido. Pero aquel sabio se limitó a repetir lo que ya había dicho el médico
e incluso ella misma. Así es que, la madre, mostró su contrariedad.
“Señor -le dijo– he realizado, con mi hijo, un largo viaje para recibir su consejo y lo único
que se le ocurre es repetir lo mismo que tanto el médico como yo misma hemos repetido”.
“No es lo mismo”, respondió el sabio.
“¿Cuál es la diferencia?”, contestó la mujer.
“La diferencia es -respondió el sabio– que yo he estado, la semana que le pedí,
ayunando.”
Así es que cuando regresaron del viaje a casa la madre contó todo lo hablado con el viejo
sabio. El joven accedió entonces a guardar, por propia voluntad, el ayuno de una semana.
Y se curó.

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