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sábado, 12 de diciembre de 2020

Amor a la madre. Lecturas de mis libros viejos. Selección de Juan Manzanares


Amor a la madre



Y la madre…, la tuya, la mía. ¿Qué palabras dulces como la miel y tiernas como el pan recién cocido podremos buscar ahora? Su nombre es la primera palabra que los hombres aprendemos en todas las lenguas del mundo. Tal vez por eso mismo la repitamos siempre que el dolor nos aprieta la carne y estremece nuestros huesos, o cuando tenemos una pena tan honda que apenas podemos contarla.

Sí -tú y yo lo sabemos bien-, es muy difícil hablar de ella. Quererla es más sencillo. Como la quiso una niña japonesa de quien te habla un español que vivió en las lejanas islas donde nace el sol:

“Mucho tiempo ha, vivían dos jóvenes esposos en un lugar muy apartado y rústico. Tenían una hija, y ambos la amaban de todo corazón. No diré los nombres de marido y mujer, ya que cayeron en olvido; pero diré que el sitio en que vivían se llamaba Matsuyama, en la provincia de Echigo.

Hubo de acontecer, cuando la niña era aún muy pequeñita, que el padre se vio obligado a ir a la gran ciudad, capital del Imperio. Como era tan lejos, ni la madre ni la niña podían acompañarle, y él se fue sólo, despidiéndose de ellas y prometiendo traerles, a la vuelta, muy lindos regalos.

La madre no había ido nunca más allá de la cercana aldea, y así, no podía desechar cierto temor al considerar que su marido emprendía tan largo viaje; pero al mismo tiempo sentía orgullosa satisfacción de que fuese él, por todos aquellos contornos, el primer hombre que iba a la rica ciudad, donde el rey y los magnates habitaban, y donde había que ver tantos primores y maravillas.

En fin, cuando supo la mujer que volvía su marido, vistió a la niña de gala, lo mejor que pudo, y ella se vistió un precioso traje azul, que sabía que a él le gustaba en extremo.

No atino a encarecer el contento de esta buena mujer cuando vio al marido volver a casa sano y salvo. La chiquitina daba palmadas y sonreía con deleite al ver los juguetes que su padre le trajo. Y él no se hartaba de contar cosas extraordinarias que había visto durante la peregrinación y en la capital misma.

            -A ti – dijo a su mujer – te he traído un objeto de extraño mérito; se llama espejo. ¡Míralo y dime qué ves dentro!

            Le dio entonces una cajita chata, de madera blanca, donde, cuando la abrió ella, encontró un disco de metal. Por un lado era blanco, como plata mate, con adornos en realce de pájaros y flores, y por el otro brillante y pulido como cristal. Allí miró la joven esposa con placer y asombro, porque desde su profundidad vio que la miraba, con labios entreabiertos y ojos animados, un rostro que alegre sonreía.

-¿Qué ves? – preguntó el marido, encantado del pasmo de ella y muy ufano de mostrar que había aprendido algo durante su ausencia.

-Veo una linda moza, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva, ¡caso extraño!, un vestido azul, exactamente como el mío.

-Tonta, es tu propia cara lo que ves -le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que la mujer no sabía-. Ese redondel de metal se llama espejo. En la ciudad, cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hayamos visto hasta ahora.

Encantada la mujer con el presente, pasó algunos días mirándose a cada momento, porque, como ya dije, era la primera vez que había visto un espejo y, por consiguiente, la imagen de su linda cara. Consideró, con todo, que tan prodigiosa alhaja tenía sobrado precio para usarla de diario, y la guardó en su cajita y la ocultó con cuidado entre sus más estimados tesoros.

Pasaron años y marido y mujer vivían aún muy dichosos. El hechizo de su vida era la niña, que iba creciendo y era el vivo retrato de su madre, y tan cariñosa y buena, que todos la amaban. Pensando la madre en su propia pasajera vanidad, al verse tan bonita, conservó escondido el espejo, recelando que su uso pudiera engreír a la niña. Como no hablaba nunca del espejo, el padre lo olvidó del todo. De esta suerte se crió la muchacha tan sencilla y candorosa como había sido su madre, ignorando su propia hermosura y que la reflejaba el espejo.

Pero llegó un día en que sobrevino tremendo infortunio para esta familia, hasta entonces tan dichosa. La excelente y amorosa madre cayó enferma, y, aunque la hija la cuidó con tierno afecto y solícito desvelo, se fue empeorando cada vez más, hasta que no quedó esperanza, sino la muerte.

Cuando conoció ella que pronto debía abandonar a su marido, y a su hija, se puso muy triste, afligiéndose por los que dejaba en la tierra, y, sobre todo, por la niña.

La llamó, pues, y le dijo:

-Querida hija mía, ya ves que estoy muy enferma y que pronto voy a morir y a dejaros solos a ti y a tu amado padre. Cuando yo desaparezca, prométeme que mirarás en el espejo, todos los días, al despertar y al acostarte. En él me verás y conocerás que estoy siempre velando por ti.

Dichas estas palabras, le mostró el sitio donde estaba oculto el espejo. La niña prometió con lágrimas lo que su madre pedía, y ésta, tranquila y resignada expiró a poco.

En adelante, la obediente y virtuosa niña jamás olvidó el precepto materno y cada mañana y cada tarde tomaba el espejo del lugar en que estaba oculto y miraba en él por largo rato e intensamente. Allí veía la cara de su querida madre, brillante y sonriente. No estaba pálida y enferma como en sus últimos días, sino hermosa y joven. A ella confiaba de noche sus disgustos y penas del día, y en ella, al despertar, buscaba aliento y cariño para cumplir con sus deberes.

De esta manera vivió la niña como vigilada por su madre, procurando complacerla en todo, como cuando vivía, y cuidando siempre de no hacer cosa alguna que pudiera afligirla o enojarla. Su más puro contento era mirar en el espejo y poder decir:

-Madre, hoy he sido como tú quieres que yo sea.

Advirtió el padre, al cabo, que la niña miraba, sin falta, en el espejo cada mañana y cada noche, y parecía que conversaba con él. Entonces le preguntó la causa de tan extraña conducta.

La niña contestó:

-Padre, yo miro todos los días en el espejo para ver a mi madre y hablar con ella.

Le refirió, además, el deseo de su madre moribunda y que ella no había dejado de cumplirlo.

Enternecido por tanta sencillez y tan fiel y amorosa obediencia, vertió lágrimas de piedad y afecto, y nunca tuvo corazón para descubrir a su hija que la imagen que veía en el espejo era el trasunto de su propia dulce figura, que el poderoso y blando lazo del amor filial hacía cada vez más semejante a la de su difunta madre.”

                                               (JUAN VALERA: El espejo de Matsuyama.)

 

 Eugenio de Bustos: Vela y Ancla, 10ª Edición, agosto, 1966.  1º de Bachillerato.





















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