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viernes, 25 de diciembre de 2020

Los hermanos. Lecturas de mis libros viejos. Selección de Juan Manzanares

Los hermanos

                                            José interpreta los sueños de Faraón

Yo no sé si tienes la alegría de un hermano. En mi casa hemos sido cinco, y muchas veces hemos discutido y peleado. Pero muchas más, tantas que hemos perdido la memoria, nos hemos ayudado unos a otros y hemos jugado y reído bajo el sol, sobre la mansa arena de la playa. Por eso creo maravilloso que todos los hombres nos podamos llamar hermanos de verdad, y ser generosos unos con otros, como lo fue José:

“Recordaréis que Jacob había tenido doce hijos. Era una hermosa familia, como muchas de las que existieron en aquellos antiquísimos tiempos. Indudablemente, Jacob amó con ternura a los doce. Sin embargo, hemos de decirlo, sintió predilección por uno de ellos, llamado José, que le recordaba a la querida Raquel, su esposa, muerta hacía poco tiempo.

            Por otra parte, era perfectamente explicable esta preferencia. José era tan bello, tan distinguido y, sobre todo, tan inteligente… Los niños israelitas tienen, con frecuencia, una vivacidad tan precoz, que les hace parecer de mayor edad que la que tienen. Jacob mimaba un poco a su predilecto: le había regalado unas abigarradas vestiduras que le envidiaban los otros.

Y, confesémosle, José no hacía nada por aminorar los celos que experimentaban sus hermanos. Al contrario: incluso se vanagloriaba de ello. Contaba, por ejemplo, los sorprendentes sueños que había tenido.

- Soñé – decía – que estábamos a punto de realizar la cosecha. La gavilla que yo había atado era mayor y más hermosa que las de los demás; estaba en medio del campo segado, y las otras se prosternaban ante ella y la adoraban.

- ¿Y qué significa esto? -Le preguntaban sus hermanos, burlándose de él.

            - Que yo seré vuestro jefe, vuestro maestro, y que tendréis que prosternaros ante mí.

            ¡Pensad si sus hermanos se sentirían contentos!

            Un día en que los rebaños de Jacob pacían lejos, en la montaña, el patriarca, al ver que se demoraban demasiado, envió a José a sus hermanos para que volviera con ellos.

- ¡Mirad al hombre de los sueños! – exclamó uno al verlo.

            - El engreído, el vanidoso – replicó otro.

            - ¿Y si lo matáramos? – repuso un tercero.

            - En esta montaña salvaje será fácil hacerlo. Dirán que lo ha matado un león.

- No – dijo -, no debemos manchar nuestras manos con la sangre de nuestro hermano. Estoy de acuerdo en que debemos desembarazarnos de ese vanidoso charlatán, pero no matarlo. Apoderémosnos de él y vendámoslo como esclavo. Llevaremos a nuestro padre sus vestiduras, esas ropas de las que se siente tan orgulloso, después de haberlas manchado con la sangre de un cordero. Así creerá que lo ha devorado una fiera. Y si todos guardamos el secreto, ¿quién podrá salvarle?

Así se dijo y así se hizo. Cuando José llegó ante sus hermanos, se lanzaron éstos sobre él y le ataron como a un animal que es llevado a la feria, y para que no pudiera huir le metieron en una cisterna vacía.

Cuando el pobre Jacob recibió las ropas manchadas de sangre, creyó todo lo que le contaron. Se desesperó por haber sido la causa de que su hijo hubiese caído en las garras de un león y, vistiendo luto por él, lo lloró mucho tiempo.

Sin embargo, no muy lejos de la cisterna, en la que aguardaba, no muy cómodamente, el desventurado José, pasó una caravana. Eran habitantes del desierto, parecidos a los beduinos de nuestros días, que comerciaban con toda el Asia occidental y que eran, por otra parte, un poco bandidos. Los malvados hermanos les propusieron cederles un esclavo a buen precio, algo así como por unas veinte pesetas. Y los nómadas se llevaron a José para revenderlo en otra parte.

Iban a Egipto. Muchas de estas caravanas llevaban al país del Nilo los productos de Mesopotamia y volvían después al Eufrates llevando consigo objetos egipcios. Cuando hubieron entregado a José al mercado de esclavos – porque entonces había mercado de esclavos, donde se vendían los hombres como hoy se venden cerdos y carneros -, acertó a pasar por allí el jefe de la guardia real. Se llamaba Putifar, y era un personaje muy poderoso. Se sintió cautivado por la belleza y la inteligencia que aparentaba aquel adolescente; lo compró y se lo llevó como esclavo a su palacio.

En fin, como podéis ver, José, en su desgracia, había tenido todavía suerte. Pudieron haberle matado, pero no lo hicieron. Pudo haber sido comprado por un hombre cruel que le hubiera hecho trabajar penosamente pero no fue así. Y Putifar no tardó en sentir afecto por su joven esclavo; hizo de él su intendente y le dejó, en plena libertad, administrar su casa. Ciertamente, Dios había protegido a José, quien, por otra parte, lo había merecido, pues el muchacho era el más honrado, creyente y razonable que se podía encontrar. Todas estas cualidades las demostró en una circunstancia bien dramática, por cierto, y salió con bien de un mal paso.

La mujer de Putifar no se merecía el excelente marido que tenía. Malvada y embustera, después de haberse enamorado locamente del hermoso José, quiso tenerlo bajo sus garras. Para perderlo, fue a buscar a su marido y acusó al joven israelita de que le había faltado al respeto gravemente. Putifar vaciló antes de creer que su amado servidor se hubiese comportado tan mal, pero su mujer exigió para él un grave castigo, acumulando tantas pruebas de lo que pretendía había sido la falta del esclavo, que Putifar cedió e hizo encarcelar a José.

Habiendo así cambiado la confortable vida del palacio de Putifar por la tristeza de un calabozo, el joven hebreo no se dejó, sin embargo, llevar por la desesperación. En la cárcel se mostró tan animoso y tan digno, que incluso el jefe de los carceleros le dispensó su amistad. Desde el fondo de su desventura continuaba rogando a Dios y pidiéndole que le ayudara. Y Dios, que había concebido grandes proyectos sobre este joven tan extraordinario, lo protegió.

Al mismo tiempo que José, encontrábanse encarcelados dos poderosos personajes que habían sido ministros del Faraón. ¿De qué se les acusaba? Probablemente, de haber robado un poco al Estado. Y ahora esperaban con ansiedad el juicio del rey. Una mañana se despertaron y se contaron uno a otro un sueño que habían tenido por la noche. El sueño era muy extraño, y ninguno supo descifrar su significado. Pero José, entre otras cualidades, poseía la de interpretar los sueños.

- Tu sueño – dijo a uno de los ministros – significa que el Faraón te perdonará y rehabilitará en tu cargo. En cuanto a ti – dijo, dirigiéndose al otro -, tu sueño te anuncia lo peor: el rey te hará ahorcar, y las aves del cielo devorarán tu cuerpo en el patíbulo.

Y ocurrió exactamente como José lo había anunciado. Mas el ministro repuesto en su cargo olvidó a José.

Algún tiempo más tarde, el propio Faraón, el rey todopoderoso, tuvo un sueño que le preocupó terriblemente. Hallábase a la orilla de un río viendo pacer a siete vacas magníficas, gruesas y de piel reluciente. De pronto salieron de los aguazales otras siete vacas, horriblemente flacas y de una fealdad espantosa. Las vacas flacas se lanzaron sobre las vacas gordas y en un abrir y cerrar los ojos las devoraron. (A decir

verdad, este sueño es demasiado inverosímil, porque nunca se ha visto que una vaca comiera carne. Pero vosotros ya sabéis lo que son los sueños, en los que frecuentemente se dan tan absurdos casos como éste y que no parecen tener razón ninguna.)

            Cuando se despertó, el rey pidió que le explicaran este sueño, pero ningún adivino ni sacerdote lo supo, o bien no quiso encargarse de ello. No era muy difícil suponer que semejante sueño tuviera un espantoso significado. Sólo entonces el copero mayor se acordó del joven israelita encarcelado. El Faraón ordenó que fueran a buscarlo inmediatamente, le hicieran tomar un baño y le facilitaran hermosas vestiduras. Y José se presentó ante el rey. ¡Qué graciosa apostura era la suya! ¡Qué inteligente parecía!

            - Señor – dijo -, tu sueño es muy fácil de comprender. Las siete vacas gordas significan que habrá en tu reino siete años de gran riqueza y de maravillosa fecundidad. Pero a ellos seguirán siete años de absoluta sequía (las siete vacas flacas), y durante la escasez tus vasallos se comerán las reservas y correrán el riesgo del hambre.

            El Faraón levantó los brazos al cielo.

            - Qué debo hacer entonces para escapar de tan horrible amenaza?

-Es muy sencillo – respondió José -. Provéase el Faraón de un varón inteligente y colóquelo al frente de Egipto, para que en el tiempo de abundancia recoja víveres para los años de hambre.

            - En ti reside el espíritu de Dios – exclamó el Faraón -. Tú te encargarás de todo.

            El Faraón quitóse del dedo un anillo de oro y del pecho un collar valiosísimo e hizo entrega de ellos al joven israelita.

            Así fue como José se dispuso a gobernar el país del Nilo.

            Debemos detenernos un momento en este maravilloso relato para hacernos una pregunta. ¿Es esto historia auténtica o simplemente un cuento? Tal vez hayáis estudiado ya en vuestros libros de Historia un capítulo dedicado a la civilización egipcia. Las pirámides, la esfinge, los obeliscos y el embalsamamiento de los muertos, a los que se convertían en momias; sin duda, sabéis todo esto. En efecto: conocemos muy bien la historia de Egipto. Y lo que podemos preguntarnos es si nuestros conocimientos históricos confirman los pormenores de la aventura de José.

            Pues bien, sí: totalmente. En principio, se ha podido calcular que la estancia de José en Egipto debió tener efecto más allá del año 1600 antes de nuestra era, y se sabe que en esa época Egipto había sido gobernado por reyes procedentes de Asia, donde habían conquistado el poder y la fuerza. También los hebreos eran asiáticos, y esto explicará por qué el Faraón sintió simpatía por el joven José, que era un asiático como él.

            Sabemos también que los egipcios concedían una gran importancia a los sueños, y siempre los hacían interpretar. Para quien conoce Egipto, el sueño del Faraón se explica claramente. Ya os he dicho que, sin el Nilo, este país se convertiría en un desierto. El Nilo, al inundar sus valles, los humedece y permite efectuar en ellos excelentes cultivos. Pero supongamos que durante un año o varios años seguidos las aguas del Nilo no sean suficientes o que no se desborden con tanta intensidad como suelen; entonces, como allí no llueve nunca, se produce la sequía, el hambre, y los años de las vacas flacas suceden a los de las vacas gordas.

            Y he aquí una circunstancia que demuestra que toda esta maravillosa historia es absolutamente verídica: en las tumbas del país del Nilo se encuentran numerosas pinturas. Conocemos algunas que representan a los ministros egipcios: se les ve llevar precisamente un anillo de oro en el dedo y un pesado collar sobre el pecho, exactamente como la Biblia dice que José los llevaba. Sobre este punto, como sobre muchos otros, la Historia nos demuestra que la Biblia dice la verdad.

            Así, pues, José tenía ahora sobre sí el peso de gobernar a Egipto e impedir que sus habitantes perecieran de hambre cuando llegara el tiempo de las vacas flacas. De esta pesada tarea obtuvo un gran honor. Durante los años de fecundidad ordenó que se hicieran grandes reservas de trigo y alimentos, prohibiendo comer de todo, organizando lo que en nuestros días llamaríamos racionamiento. Y cuando llegó la escasez, gracias a sus graneros abarrotados, pudo alimentar fácilmente a todo el pueblo de Egipto, mientras otras naciones sufrían horriblemente a causa del hambre y acudían a las orillas del Nilo a mendigar un poco de trigo.

            ¡Qué triunfo fue este para José! Gozaba ahora de una gran consideración. Era rico y se había casado con un joven de la nobleza egipcia, de quien tuvo hermosos hijos. Y más aún: Dios le dio ocasión de poder desquitarse de lo que le habían hecho sus hermanos, y ahora veréis de qué manera se aprovechó de ello.

            Como tantas otras, durante los siete años de hambre, las tribus israelitas acudieron a Egipto en busca de alimentos. Un día condujeron ante el primer ministro a un grupo de hebreos que suplicaban pan. Inmediatamente José los reconoció: eran sus hermanos. A pesar de los años que habían transcurrido, no podía equivocarse: eran ellos. Todopoderoso como era, podía vengarse de su crueldad de otro tiempo. Pero ni un solo instante pensó semejante cosa. Algún tiempo después, sin darse a conocer a ellos, les hizo una serie de preguntas. ¿Quiénes eran? ¿De dónde venían? ¿De Asia? ¡Era muy sospechoso! ¿No serían acaso espías enviados por los enemigos de Egipto? Y los hambrientos hebreos protestaban temblorosos.

            Pero el corazón de José no pudo resistir más tiempo a la tentación. Miró al último de sus hermanos, al más joven, a Benjamín. ¡Cómo se parecía a su madre! Y exclamó:

            - ¿No me conocéis? Soy José, vuestro hermano.

            Y como ellos se prosternaran ante él espantados, atormentados por los remordimientos (ya veis cómo se cumplía el sueño de las gavillas), hizo que se levantaran y los abrazó.

            -Os perdono de todo corazón – les dijo -, Volved en seguida a la tierra de Canaán. Id a nuestro anciano padre y decidle que soy el más afectuoso y respetuoso de sus hijos. Traedlo aquí, y venid vosotros con él; yo os daré tierras para que podáis vivir en el país de Egipto y no tengáis nunca que padecer escasez.

            Y así se hizo. De este modo, cualquiera que crea en Dios debe perdonar las ofensas. Así fue cómo los hijos de Israel se instalaron en Egipto, en un lugar llamado Gessen, no lejos del delta del Nilo.”

                         (DANIEL ROPS: La Sublime Historia

                        [“Historia de José”], pág. 47-54, que corresponden

                en la Biblia al libro del Génesis, 37-48.)





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