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sábado, 12 de diciembre de 2020

SER ESPAÑOL. Lecturas de mis libros viejos. Selección de Juan Manzanares

Ser español

            Pero sobre las cimas, en el techo de la Península, me preguntarás por el futuro de España. Porque tú no eres de ayer, sino de mañana. Y quieres ser fiel a la herencia -dolor y gloria amasados con sangre- y también a ti mismo: esperanza y fe ilusionada.

“Por eso, la responsabilidad que a los gobernantes de una nación incumbe es realmente tremebunda y, en ciertos momentos históricos, trágica. Ellos son, en efecto, los encargados de administrar la vida común de la nación, y para cumplir su cometido debidamente han de permanecer en todo instante absolutamente fieles al estilo nacional, lo cual quiere decir fieles a la nacionalidad, a la Patria. El buen gobernante prolonga el pasado en el futuro y conduce la nación a novedades que tienen siempre el aire, el estilo de la más rancia prosapia nacional. No ha de hacer lo que él personalmente quiera, sino lo que esté dentro de la línea histórica, dentro del modo de ser nacional. En el gobierno de una nación, la voluntad individual es siempre capricho, y el capricho es justamente el salto incomprensible, la incoherencia, la infidelidad, la falta de estilo. De un hombre cuyos actos sucesivos no tienen la cohesión de una homogeneidad en la forma, en el modo, en el estilo, decimos justamente que no tiene personalidad, que es infiel a su propio ser, que no tiene ser o esencia propios; es decir, que es poco hombre. Pues, del mismo modo, el nacionalismo, el patriotismo, el gobierno patriótico de una nación, consisten esencialmente en la fidelidad del pueblo y de los gobernantes al propio estilo secular, que es la propia esencia eterna. Y cuando acontece que un pueblo comete grave infidelidad a su estilo propio, entonces este acto equivale a su suicidio como nación, La Historia nos ofrece algunos ejemplos de ello. Por el contrario, los pueblos que en su vivir son siempre fieles a sí mismos, a su estilo nacional, pueden aguantar impávidos las más borrascosas vicisitudes de la Historia y son capaces incluso de absorber, digerir, asimilar, nacionalizar, en suma, a sus propios conquistadores.

            Pero si la perpetuación del estilo nacional es la condición primaria y fundamental para la existencia y persistencia de una nación; si la falta más grave que un gobernante puede cometer es la ruptura con la tradición del estilo nacional, esto no quiere decir que nacionalismo y gobierno nacionalista equivalgan a estancamiento, inmovilidad, y menos a un retroceso. Desde nuestro punto de vista, la palabra tradición adquiere ahora un sentido claro, transparente, inequívoco. Tradición es, en realidad, la transmisión del “estilo” nacional de una generación a otra. No es, pues, la perpetuación del pasado; no significa la repetición de los mismos actos en quietud durmiente; no consiste en seguir haciendo o en volver a hacer “las mismas cosas”. La tradición, como transmisión del estilo nacional, consiste en hacer todas las cosas nuevas que sean necesarias, convenientes, útiles; pero en el viejo, pero en el viejo, en el secular estilo de la nación, de la hispanidad eterna. El tradicionalismo no significa, pues, ni estancamiento ni reacción; no representa hostilidad al progreso, sino que consiste en que todo el progreso nacional haya de llevar en cada uno de sus momentos y elementos el cuño y estilo que definen la esencia de la nacionalidad.

España es, pues, un estilo, como toda auténtica nación. Hay en la nación española, sin duda, cierta afinidad de raza entre sus componentes humanos; hay en la nación española un idioma común, un territorio común, “glorias y remordimientos” comunes, un porvenir común; y, sin duda, también cada día la unidad nacional se manifiesta en la íntima adhesión que cada buen español tributa al pasado, al presente y al porvenir de España. Pero todos estos contenidos de la nacionalidad, no son la nacionalidad misma.

La nacionalidad se cifra y se compendia en el “estilo”, en cierto “modo de ser” que por igual ostentan todos y cada uno de los hechos, de las cosas, de los productos españoles. Ahora se nos plantea, pues, la segunda parte de nuestro empeño. ¿Cuál es ese estilo hispánico? ¿En qué consiste el estilo propio de la hispanidad? Problema difícil, y aún diríamos, en puridad, imposible de resolver. Porque los conceptos de que nos valemos para definir algo, aplícanse bien a las “cosas”, a los “seres”; pero no pueden servir para aprehender un estilo; el cual no es cosa sin ser, sino un “modo” de las cosas, un modo de ser. Por eso, ni siquiera intentaremos “definir” el estilo español, y habremos de limitarnos al esfuerzo de “mostrarlo”, de hacerlo definitivo, mediante un símbolo que lo manifieste. A mi parecer, la imagen intuitiva que mejor simboliza la esencia de la hispanidad es la figura del caballero cristiano.”

 

                                                           (Manuel García Morente: Idea de la Hispanidad)

 

            Ahora mira en torno a ti aprovechando la claridad de la mañana. Puedes ver África, el Mediterráneo y el Atlántico, que te traerá perfume de las Canarias, la tierra maravillosa -afortunada- que España tiene en la ruta americana. Sí; ahí tiene el ancho mundo. Está esperando. El mundo siempre espera palabras como llamas.

            Enciéndelo de amor…

                                                       

                        Eugenio de Bustos: Vela y Ancla, 10ª Edición, agosto, 1966.  1º de Bachillerato

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