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sábado, 20 de febrero de 2021

LA ESCUELA (I). Lecturas de mis libros viejos. Selección de Juan Manzanares

La escuela (I)

    Manuel me ha recordado a mis amigos primeros, los que conmigo jugaban cuando era niño. Luego, con la vida, van cambiando, pero seguimos recordándolos siempre, aunque se olviden sus nombres. Tú también tendrás tus amigos, y me imagino que muchos de ellos los habrás conocido en la escuela, en el colegio, como me sucedió a mí, como le ha ocurrido a casi todos los hombres.

    Instituto, Escuela, Colegio… son palabras como espadas: brillan al sol de la victoria o hieren de tristeza. Antonio Machado, profesor de lenguas vivas, vio las aulas (entre sombras de recuerdo) cargadas de mansa y recogida nostalgia:

 

<<Una tarde parda y fría

De invierno. Los colegiales

Estudian. Monotonía

de lluvia tras los cristales.

En la clase, en un cartel

se representa a Caín

fugitivo y muerto Abel

junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco

truena el maestro, un anciano

mal vestido, enjuto y seco,

que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil

va cantando la lección:

“Mil veces mil un millón.”

Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de lluvia tras los cristales.>>

                                                                             (Antonio Machado: Soledades

                                                                               <<Recuerdo infantil>>.)

 

            Yo ignoro cómo será – aunque sé cómo me gustaría que fuese – tu escuela. De mí puedo decirte que aprendí las primeras cosas con unas monjitas de dulce mirar y tocas muy grandes y muy blancas (siempre pensé que llevaban un cisne con las alas desplegadas sobre la cabeza) y que después fu al Instituto… Pero, dejemos que nos cuente Miguel de Unamuno, vasco enamorado de España, cómo era su colegio:

     <<El colegio al que me llevaron, no bien había dejado las sayas, era uno de los más famosos de la villa. Era colegio y no escuela –no vale confundirlos-, porque las escuelas eran las de balde, las de la villa, por ejemplo, a donde concurrían los chicos de la calle, los que escapaban a nadar en los Caños, los que nos motejaban de farolines y llamaban padre y madre a los suyos, y no como nosotros: papá y mamá.

            Fue mi primer maestro, mi maestro de primeras letras, un viejecillo que olía a incienso y alcanfor, cubierto con gorrilla de borla que le colgaba a un lado de la cabeza, narigudo, con largo levitón de grandes bolsillos – el tamaño de los bolsillos da autoridad -, algodón en los oídos y armado de una larga caña, que le valió el sobrenombre de “el pavero”. Los pavos éramos nosotros, naturalmente, ¡Y tan pavos!...

            Repartía cañazos, en sus momentos de justicia, que era una bendición. En un rinconcito de un cuarto oscuro, donde no les diera la luz, tenía la gran colección de cañas, bien secas, curadas y mondas. Cuando se atufaba, cerraba los ojos para ser más justiciero, y cañazo por acá, cañazo por allá, a frente, a diestro y siniestro, al que le cogía, y luego la paz con todos. Y era ello una verdadera fiesta, porque entonces nos apresurábamos todos a refugiarnos del cañazo metiéndonos debajo de los bancos.

            Esto era para el juicio general o colectivo; mas para el juicio individual, para las grandes faltas y para los grandullones tenía guardado un junquillo de Indias, no hueco como la caña, sino bien macizo, y que se cimbreaba de lo lindo cuando sacudía el polvo a un delincuente.

            ¡Qué cosa más augusta era un castigo público! Nunca me olvidaré del que sufrió Ene.

            Ello fue que una mañana llegó acongojada su madre, diciéndole al maestro que el chico era de la mismísima piel del diablo, incorregible, completamente incorregible; que todo se le volvía hacer rabietas, tomar corajinas y pegar a la criada; que ella, su madre, estaba harta de mandarle a la cama sin cenar; que no cedía ni por éstas, y, finalmente, que la noche anterior le había tirado a ella, a su madre, un plato. Y aunque de esto otro que voy a decir no me acuerdo, supongo que añadiría que con el padre no había que contar, pues con eso de tener que ir a su oficina, se sacudía del cuidado de corregir al chico, y luego era un padrazo y lo encontraba todo bien, y más de una vez había dado la razón al muchacho. Esto no lo recuerdo, repito, sino que lo añado; pero a todo historiador debe serle permitido colmar las lagunas de la tradición histórica con suposiciones legítimas, fundadas en las leyes de la verosimilitud.

            Y la madre acabaría con unas palabras por el estilo de éstas: “Yo no sé, no sé adónde va a ir a parar; pero de seguro no a buen sitio…; este chico, si no se corrige, acabará en presidio.” Esto dicho delante del chico y para que este lo oyera. Y el chico, en tanto, mirando al suelo y con las manos en los bolsillos, para tenerlas más calientes y más seguras.

            El maestro se encargó del escarmiento.

            Me acuerdo de esto como si fuese cosa de ayer mañana. Se dio fin a las tareas un poco antes, se rezó el rosario a carga cerrada, porque todos barruntábamos desusada solemnidad, y muy pronto nos hallamos en la clase de los chiquitos y sentados en largos bancos. El maestro se sentó bajo las bolas ensartadas en varillas de alambre que sirven para aprender a contar. No se oía una mosca. Cuando llamo el maestro al delincuente, teníamos todos el alma colgando de un hilo. Ene se adelantó hosco, pero sin derramar una lágrima, atravesando el flecheo de las miradas todas. El maestro nos lo mostró y pronunció, más que dijo, unas palabras que nos llegaron al corazón porque en estos momentos solemnes en la vida de los hombres y de los pueblos las palabras se pronuncian, no se dicen. ¡Ahí es nada faltar así a su madre! ¡Y a su propia madre tirarle un plato! Algunos lloraban con un nudo en la garganta; a otros el nudo les impedía llorar. Enseguida le hizo inclinarse y reclinar la cabeza en su regazo, el del maestro; mandó traer una alpargata y nos ordenó que uno por uno fuéramos desfilando y dándole un alpargatazo en el trasero. Y fuimos desfilando los verdugos y cumpliendo el mandato. Algunos, ¡oh, ligereza!, se reían: pero los más, graves como reclutas que se ven obligados a fusilar a un compañero. Era, al fin, un semejante, y todos sentíamos que aunque se debía odiar el pecado, el pecador no merece sino compasión. Hubo amigo del condenado que, pretextando una necesidad urgente e ineludible, huyó a refugiarse, como en un asilo, en el excusado, por no llenar la cruel consigna, y hubo también un tal Ese que le dio el alpargatazo con toda su alma y cerrando bien la boca al dárselo. Y esto nos indignó, porque era una venganza, una cochina venganza, y es infame convertir en venganza el castigo. El supliciado se diría, de seguro, viéndole por entre las piernas: “¡Ya caerás!” Y así fue, que bien lo pagó más tarde, pues no hay plazo que no llegue ni deuda que no se cumpla. Cuando el castigado levantó la cara, colorada de haber estado donde estuvo, exclamó el maestro, compungido: “¿Veis? ¡Ni una lágrima! ¡Ni una señal de pesar! Este chico es de estuco.” Y Ene se fue como había venido, con los ojos secos.

            Decididamente, los castigos ejemplares son los que menos sirven de ejemplo, por lo que tienen de teatro.

            El colegio estaba en un antiguo caserón, hoy derruido para edificar una nueva casa sobre su solar, al concluir una vieja escalera que daba a un patio pequeño, escalera de tramos desgastados y carcomidos y de anchas barandas lustrosas y renegridas por el roe de las manos y de las piernas. Porque era una delicia bajar la escalera o a pie y escalón tras escalón, sino montando en la baranda, dejándose deslizar, sin pisar los escalones.

            Era el tal colegio una gran bohardilla, con salidas a los tejados y una ancha estancia atravesada, a modo de columna cuadrada, por una chimenea. Había una campanilla de cordel para que llamaran los sirvientes y criados al ir a buscarnos y para que arrancáramos y para que arrancáramos o cortáramos el cordel de vez en cuando.

            Aprendimos allí muchas cosas, pero muchas… Entre ellas, urbanidad. Al entrar, lo primero era detenerse en la puerta, y agarrando a sus dos bordes con sendas manos, soltar el saludo: “¡Buenos días tenga usted!” “¿Cómo está usted?” Esto canturreándolo, acentuando mucho y alargando la última e, y allí quieto, hasta recibir, en cambio, el “Bien, ¿y usted?, a lo cual se decía: “¡Bien para servir a usted!” Y se podía ya pasar. Este saludo tradicional evolucionó poco a poco, como lo litúrgico y lo no litúrgico, hasta convertirse en un rápido y enérgico silabeo que sonaba algo así como: ¡tas, tas, tas, tas, tas tausté!

            Había días de visitas, en los cuales salía el pasante y nos quedábamos esperándole. Tomaba fuera un sombrero, volvía, llamaba a la puerta, iba el maestro a abrirle, y apenas entraba, convertido en visita, con su correspondiente sobrero en la mano, os poníamos todos de pie y a una voz le espetábamos el saludo. Con una señal de la mano nos invitaba a que nos sentásemos y seguía la visita con una gravedad admirable.

            ¿Y cuando la visita era de verdad…, cuando venía alguien de veras a visitar la escuela? Entonces el maestro exhibía, como a un bicho raro, a Vicente, uno de sus favoritos, que comía acíbar, extraño fenómeno, caso admirable. Y o era la única particularidad del tal Vicente, sino que además se le había dislocado el brazo por el hombro tres o cuatro veces y él como si tal cosa. No sé que relación guardaría lo de gustarle el acíbar con lo de tener tan dislocable el hombro, pero alguna debería ser.

            Cuando concluía la clase se ahogaba el orden impuesto en una vocinglería fresca que resonaba vibrante por entre el polvo de la bohardilla. Las voces recobraban libertad. Levantábase una nube de polvo, gritábamos hasta desgañitarnos, tomábamos por asalto al pobre viejecillo, desarmado ya de su caña; algún pequeñuelo trepaba a él, le buscaba granos de alcanfor o paciencias en los bolsillos, guarecíase otro bajo los amplios faldones de su enorme levitón, mientras cantaban: “Don Higinio… patrocinio… de las almas… que se acogen… a vuestro paternal amor.” Quedaba el pobre viejecillo convertido en un racimo de chicuelos frescos y vivos, oreándose con el aliento de la niñez. Él me enseñó los puntos cardinales y a orientarme por el mundo, cuando nos preguntaba: “¿Por donde sale el sol?”, y nosotros “¡por allá!”, y luego poniendo aquel punto a nuestra derecha y poniéndonos cara al Norte, exclamábamos, señalándonos con el brazo: “¡Norte!, ¡Sur!, ¡Este!, ¡Oeste!” Él me enseñó las primeras lágrimas del arte; bajo su mano rompió mi mano a trazar aquellos palotes de que vienen estas letras; en aquel colegio me abrí a la vida social.

            Viejo, chocho ya, vivía en la aldea de su última mujer -él había venido de una provincia lejana -; un antiguo discípulo suyo le visitó poco antes de él morirse, le vio él, viejecillo, le reconoció ¡entre tantos como habíamos pasado bajo su caña!, le puso la mano sobre la cabeza al modo de los antiguos patriarcas bíblicos, y tal vez recordando algún grabado de libros de lectura, le dio luego un beso, buscó en el bolsillo una paciencia y lloró, el pobre, recordando aquel polvoriento bohardillón, resonante con la bullanga infantil, donde tantas veces había aligerado el peso de sus años el de los chicuelos colgados de sus rodillas, cobijados bajo su levita. Medio Bilbao de entonces pasó su niñez bajo la caña de don Higinio, y Dios no dio a éste hijos de ninguna de sus mujeres. ¡Bendita sea su memoria! >>

                         (MIGUEL DE UNAMUNO: Recuerdos de niñez y mocedad, cap.II)

  

            Eugenio de Bustos: Vela y Ancla, 10ª Edición, agosto, 1966.  1º de Bachillerato.

 

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