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viernes, 5 de marzo de 2021

VIAJES, VIAJEROS Y ALBERGUES EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS. (I) PREÁMBULO. Lecturas de mis libros viejos. Selección de Juan Manzanares

Viajes, viajeros y albergues en la España de los Austrias (I)


Preámbulo

   Siempre fue España país abierto a los extranjeros deseosos de visitarnos. La situación geográfica de la Península, las condiciones históricas de su desarrollo y el tesoro artístico y monumental que encierra eran tentaciones imposibles de resistir para las sensibilidades europeas.

   No podemos hablar, sin embargo, del Turismo en la acepción moderna de la palabra y tampoco estudiar la organización de los medios económicos conducentes a facilitar los viajes de placer.

   Hay, sí, una interesada participación del Estado como de los particulares en la acogida del elemento extranjero. En esta disposición de ánimo debemos fijarnos para comprender cómo se va abriendo en la mente de los políticos y economistas, la idea de fructíferas posibilidades. El sistema moderno de facilitar emociones, o vivencias, a cambio de dinero se comprendía antiguamente de un modo esporádico. Fue la historia con sus vicisitudes, los cambios políticos internacionales, el comercio y los viajes, quienes ensancharon el concepto turístico hasta darle la acepción moderna.

   La técnica influyó extraordinariamente al dar los medios necesarios para los intercambios de personas y elementos. Los viajes antiguos eran duros para el cuerpo y costosos para el bolsillo. Los peligros de la tierra, los accidentes naturales y la falta de comunicaciones coadyuvaban a ello. Viajar en el siglo XVI o en el XVII, tenía la similitud de nuestros días cuando hablamos de jornadas africanas o amazónicas.

   ¿Qué es el turista? ¿De dónde viene esta palabra, ya internacionalmente acogida? Su etimología es inglesa y se refiere concretamente al ser que viaja. Ahora bien, toda persona viajera no podemos incluirla en este sentido, si no la consideramos haciéndolo por placer. Aquí es donde empiezan las derivaciones. Los viajes por distracción no se hacen sino muy raramente en la Antigüedad y en los tiempos Modernos.

   Tratando Sánchez Cantón de los viajes de los llamados en el Siglo XVIII, «peregrinos laicos», dice lo siguiente: «Tiene el castellano palabra definidora en el Diccionario. Tres son las causas que mueven a viajar: necesidad, oficio y gusto. Llámase viajero el sujeto de la primera acción; viajante el de la segunda, y el de la tercera, viajador, vocablo que debiera difundirse para destierro de Turista, que es feo galicismo»-

   La atracción por nuestro país, el contagio psíquico de personas y cosas, influyendo en otros temperamentos, determinaron en todos los tiempos la oleada de viajeros que cruzaron los Pirineos o desembarcando en los puertos, se extendían por la Península. Desarrollábase entonces lo que según los franceses, es una exportación al interior y según los italianos, una exportación invisible, pero ambas tan ciertas y valederas como la más sencilla definición del Turismo.

   El valor social e histórico de estas andanzas no podía pasar desapercibido y la preocupación fue constante, en todas las formas de Gobierno que rigieron en nuestro país. Únese a ello, las reformas y los motivos en que se hacían estos viajes, cuyos efectos redundaban en la vida española haciéndolas imprescindibles para la propia conciencia nacional. Los motivos de venir a nuestro país eran tan varios como interesantes. Los impulsos religiosos se unían a los mercantiles, la caridad al vagabundeo y la ciencia a la guerra. Durante la Edad Media, millares de extranjeros se unieron a la guerra de Cruzada contra la religión mahometana. Borgoñones, francos, ingleses, se traen a los Reyes de Castilla, de Navarra o de Aragón, para luchar contra el Islam y ganar los privilegios de la Guerra Santa.

   Terminada la Reconquista, ya no existe el pretexto religioso ni el deseo de botín pero la gloria del Imperio y del Estado captó a muchos caracteres militares o civiles, formando en las filas de las Instituciones gentes de todas nacionalidades que se mezclaron con mujeres españolas y legaron a la posteridad caracteres raciales y apellidos exóticos. No solamente los Bethencourt, canarios, cuyo apellido normando es hoy patrimonio de centenares de habitantes de aquellas islas; son también los O'Donnell, Lacy, Blake, Reding, Kindelan, Van Halen y tantos otros que llenan las páginas de Escalafones, Anuarios y Estadísticas, y dicen claro cuál era el recibimiento que se otorgaba a los emigrantes. Los Reyes de España protegían sus palacios con Guardias waiones, suizos, tudescos y flamencos.

   Podemos hacer una clasificación de los motivos de reclamo e incitación a España.

   RELIGIOSOS.—Durante la Edad Media, las peregrinaciones a Santiago de Compostela, continuadas en los tiempos modernos aunque con menos intensidad y frecuencia, ligan a España con la catolicidad mundial creando una de las notas más características para la atracción exterior, por motivos de penitencia, caridad o devoción. La importancia de esta ruta merece que le demos atención especial más adelante.

   COMERCIALES.—Por la ruta de Compostela entra el comercio y las sucesivas intervenciones de Castilla y Aragón, primero cotaao reinos independientes, luego en plena unificación, abren al comercio mundial nuevos ^mercados y rutas económicas. El descubrimiento de América, la expulsión de los judíos y los ahogos financieros e industriales, convirtieron a nuestro país en fruta propicia para los comerciantes y banqueros europeos, constituyendo en momentos como en el siglo XVII, un auténtico problema nacional.

   POLITICOS.—En este apartado podemos incluir las misiones diplomáticas, las embajadas y los enviados especiales que unían a España con todos ios pueblos de la tierra. Desde las normales relaciones con los Estados vecinos hasta los príncipes llegados del Japón, pisan nuestro suelo estrechando amistades y abriendo planes políticos.

   CIENTIFICOS.—La fama de las Bibliotecas medievales, de los afamados médicos musulmanes del Califato cordobés o el interés intelectual despertado por la famosa Escuela de Traductores de Toledo traen a España sabios y eruditos. En el Siglo de Oro de nuestras letras, las Universidades, como la de Alcalá de Henares, o Salamanca, concentraban en sus aulas estudiantes católicos deseosos de «saber y consejo» en Teología, Derecho, Geografía, etc.

   ARTISTICOS.—El cultivo de los estilos arquitectónicos europeos y la contrata de especialistas del continente, esmaltan nuestros tesoros artísticos de apellidos germanos, italianos, franceses o flamencos.

   Pintores al servicio de la Corona, orfebres, escultores, visitan España y al calor del pasado y del potente genio del solar, Fancelli, los Siloé, Colonia, Leoni, Theotocopuli, Mengs, etc. toman carta de naturaleza o dejan huella de su fecundidad.

   SOCIALES.—Quizás sea este apartado el más pintoresco y difícil de catalogar. Desde aquellos que por motivos de salud corporal y espiritual se les recomienda el peregrinaje a las tierras ¡meridionales, hasta gentes que por impulsos tenebrosos caen en la Piel de toro- Sirva de ejemplo, las Academias de hechicerías y magia que estudiaban en Toledo las «artes de los diablos», resto de lo que fue antaño la Escuela de Traductores. El deseo de hacer fortuna como mendigos, buhoneros vagabundos, picaros, mezclaba en los caminos a pobres y desheredados de la fortuna con aristócratas que venían a visitar a los Reyes «como cumple a un noble varón» según la expresión del Barón de Rosmithal al ser recibido en audiencia por Juan II de Aragón.

   LITERARIOS—- Podríamos haber incluido este resorte espiritual con los artísticos pero dada la índole extraordinaria alcanzada por nuestras letras en el Siglo de Oro, constituye por sí toda una bibliografía. Humanistas del Renacimiento, escritores deseosos de hallar nuevos estímulos, comediantes, etc.

   LOS VIAJEROS.—Por último, aquellos que llegaban a nuestra patria por placer y que entran en la calidad de los viajeros en el más puro sentido de la palabra. Dos eruditos extranjeros, Farinelli y Foulché-Delbosc han dedicado parte de sus investigaciones a redactar el fabuloso catálogo de las obras escritas por cuantos visitaron nuestro país desde la Edad Media hasta el Siglo XIX. La cifra de obras y personalidades es gigantesca y nos da una idea clara de lo que codiciado fue nuestro suelo para satisfacer curiosidades, para dar recreo y cumplir misiones de todas clases.

   Los viajes podían hacerse solos o con séquito, a pie o montados, oficiales o particulares, entrando en la categoría de diplomáticos o comerciales. Los privados son los que realmente nos interesan. Antes de hacer un estudio más completo de los medios, formas de viajar y organismos de asistencia al caminante, conviene nos representemos cada una de las etapas históricas.

 

                                               José María Sánchez Diana. Chronica Nova 7, 1972, 35-93



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