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sábado, 13 de marzo de 2021

VIAJES, VIAJEROS Y ALBERGUES EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS (II) CAP. I, IDEAS GENERALES. Lecturas de mis libros viejos. Selección de Juan Manzanares

Viajes, viajeros y albergues en la España de los Austrias (II)


                                                   Escena de la obra literaria: La Vida de Lazarillo de Tormes...

CAPÍTULO I

Ideas Generales

Antes de empezar el estudio de las materias que recoge el título de este trabajo, conviene hagamos un breve cuadro histórico de la situación política y social de España desde el siglo XV a los últimos años del XVII. Los Reyes Católicos labraron la unidad territorial y espiritual de la Península y los Monarcas de la Casa de Austria, Carlos I, Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II; ampliaron los dos primeros sus límites, siendo derrotados los tres últimos en la oposición de las potencias europeas. Pero todos ellos colaboraron para sacar a España de sus límites medievales, llevando las fronteras hasta el Pacifico y el Rhin. La resistencia católica del pueblo español al movimiento de la Revolución religiosa de Centro Europa y de Inglaterra, convirtió a España en país representante del Catolicismo, pero del Catolicismo no solo espiritual y místico, sino también doctrinario y militante. Se formula todo un modo de vivir, conjugándose la autoridad real con la popular. Expulsados los judíos, y eliminado el moro, su tradición peninsular se hace europea. La Iglesia y el Estado son identificables brotando en su maridaje una serie de conceptos universales los cuales los quebrantos militares y políticos no pudieron romper.

         La literatura absorbió las corrientes renacentistas dándoles una savia indígena y popular y el Arte depuró el estilo clásico, creando un género nacional muy dentro del barroquismo del alma española. Castilla dio un sentido guerrero y misionero a todas las empresas y en su lengua, convertida en vehículo de civilización, corrió la propaganda del Estado. Surge el Hidalgo como institución original del modo de vivir hispánico cuyos valores se pusieron a prueba en América y Europa. Castilla da además el dinero y el aliento para construir y conservar el Imperio. El tributo fue grande pues quedó agotada. Todo sale de los tributos de Castilla, decía un contemporáneo.

           El siglo XV y el siglo XVI son años de creación y de conquista. De realizaciones económicas, viviendo España fuertes emociones que ponen a prueba el dinamismo ibérico. La mitad primera del siglo XVII está marcada por el tono defensivo y de repliegue y el resto de la centuria por el derrumbamiento del sistema. Pero en todo este tiempo España fue el alma de la Contrarreforma desde la base italiana o flamenca, volcándose en América, navegando por el Pacifico, despertando en todos los espíritus europeos la preocupación y el odio o la admiración. Los españoles se sintieron llenos de vanidad y de orgullo. La integración nacional no pudo resolver los problemas económicos agravados por el sostenimiento de un Imperio gigantesco. El despoblamiento por la emigración a las Indias o la marcha de las juventudes a la guerra, la falta de personal técnico competente y la idiosincrasia española, fueron los obstáculos que impidieron el triunfo. Profundamente imbuido de la fuerza religiosa, despreció la Ciencia y el moderno racionalismo, continuando el alma su sensibilidad medieval, aunque recubierta de formas nuevas. El moro fue sustituido por el luterano o el calvinista, pero la idea de Cruzada continuaba.

           Habituados los españoles a una existencia de lucha, de aventuras y libertad imaginativa para resolver los problemas que se les presentaban, no se unieron a la labor tenaz y constante de otros pueblos, degenerando su (modo de vivir en una soberanía improductiva. Cuando se vislumbra la derrota y el héroe es reemplazado por el pícaro, España arropada en su vieja capa, pasea su hambre y su ignorancia con el orgullo del que posee un pasado glorioso y vive de recuerdos y es entonces cuando pasa a ser objeto de curiosidad para las gentes deseosas de contemplar el museo de reliquias que es la Monarquía de los Carlos o los Felipes.

           Los extensos territorios del Estado Hispánico proyectaban el poderío español a lejanas tierras y Madrid podía enorgullecerse desde que Felipe II la erigió en capital, en ser el centro de dos mundos.

Pero esta grandeza fue también su debilidad, Francia, Inglaterra, Holanda, los turcos, los príncipes protestantes alemanes, el Pontificado mismo, Portugal, eran rivales ocultos o públicos. Ante esta multitud de enemigos, la Monarquía tenía que ceder forzosamente. Pero lo triste fue la escasa preparación técnica, económica o administrativa que aceleró la derrota. Antes de la implantación de la dinastía de los Borbones, los españoles habían sentido una invasión pacífica y corrosiva, pero inevitable, la del comercio y los que absorbieron los jugos naturales del país.

 En la época de los Reyes Católicos ya advertía, el historiador italiano Guicciardini que casi todos los artesanos eran franceses y que faltaba el espíritu mercantil. Con Carlos I se sufre una invasión de flamencos y luego de banqueros alemanes. La afluencia de capitales americanos, la debilidad de la Banca española y las necesidades militares se suman para que España fuese deudora del capitalismo europeo. El racionalismo hacendístico no era propicio a la mentalidad española y los privilegios sociales de la nobleza y clero, imposibles de romper, hizo que la Economía cayera sobre la clase media, de por si arruinada, que había dejado de ser la motora del Estado. La clase media, menestrales y comerciantes, agobiados por los impuestos y las contribuciones, agotados por la falta de pagos, sintieron desconfianza por el Estado y dieron lugar a una serie de prácticas y costumbres que corrompieron el ánimo español, contrariando las disposiciones laborales.

Las alteraciones de la moneda y la deuda exterior y publica convirtieron en estériles las remesas llegadas de Indias. Las guerras continuas obligaban al sostenimiento de un programa de impuestos intolerables por lo arbitrario del cual estaban exentos Iglesia y Nobleza. Los motines en el ejercito por falta de pagas se unió a la resistencia popular a satisfacer las obligaciones estatales. Del hambre y de la carestía surge el pícaro, el hampón y el aventurero. ¿Quién iba a trabajar si el colono se alejaba de la tierra agobiado de impuestos?

Los extranjeros cayeron sobre el país e hicieron de él sus Indias a costa de la despreocupación y la ignorancia española. La literatura sobre la participación de extranjeros en la vida social y económica del Imperio es muy intensa y nos libera de hacer ahora un estudio.

          Prueba de cuanto decimos es el real decreto del año 1630, autorizando la libertad de cultos para las minorías extranjeras, algo incompresible en el siglo XVI, señal de los tiempos y de la importancia del elemento alógeno en la Península que determinaba tal flexibilidad.

           Hemos explicado antes las causas por las cuales venían a España gentes ultrapirenaicas. Lo que interesa reseñar ahora, es que la situación cambió en nuestro país al advenimiento de los Austrias. Los conflictos políticos-religiosos y el papel que jugó España luchando contra medio mundo hicieron de nuestra nación la rival y amiga de otros países cuyos momentos históricos gravitaban sobre el Estado Hispano. La religión unida a la política determinaba los actos de los peninsulares y el temor a romper la unidad tan dolorosamente fraguada en ocho siglos de Reconquista, controlaba severamente cualquier influencia extraña. La Aduana y el Santo Oficio se unían para inspeccionar los equipajes y evitar la entrada de obras impresas en Holanda, Alemania, etc. El embajador inglés Nottingham refiere esta circunstancia, velando la importación de Biblias. (1) Azorín ha recogido en su Hora de España, el patético cuentecillo de un padre que ve en el equipaje de su hijo llegado de Holanda, escritos anticatólicos y celoso de su pureza religiosa, pasa por la amargura de tener que denunciarlo a la Inquisición...

      Una Representación hecha al Rey por las autoridades de Burgos en 1616 recordaba el peligro que entrañaba la influencia de extranjeros pues infeccionaban a los naturales con sus deprovadas costumbres y entraban ocultamente libros prohibidos. (2)  Este recelo del que participaban las autoridades públicas y los familiares defensores de la fe, fue arrollado por las necesidades del país. Las medidas prohibitivas que tenían carácter inquisitorial y ultranacionalista, desaparecieron cuando las urgencias económicas sustituyeron a las de la unidad política o espiritual. Los Reyes Católicos pusieron freno a las emigraciones extrañas, pero Carlos I, necesitado de los brazos y del dinero europeo, las revoco. El resultado fue la llegada de millares de familias que vinieron a establecerse en España sustituyendo a los judíos expulsados en 1492. Los sucesores de Carlos I continuaron con ciertas reservas esta política.

     El hecho de ser estos núcleos quienes detentaran el comercio y las finanzas hizo recaer sobre ellos la acusación de ser los esquilmadores del país, brotando una protesta general fácilmente perceptible en las obras de los economistas, arbitristas y en nuestros literatos, así como en las quejas de los procuradores en Cortes. Pero todo fue inútil. La revancha española fue excederse en malos tratos y en picardías cuando se encontraban con personas venidas de allende los Pirineos No quiere esto decir que las malas artes se encarnizaran con los extranjeros exclusivamente, sino que el hecho de sentirse humillado por ellos creaba un desahogo natural, pícaro y violento, no con caracteres patrióticos, pero sí de animadversión que flotaba en el ambiente. La xenofobia hispana, tan característica en algunas épocas, alcanzo extremos aun no bien estudiados, sobre todo en el campo, donde la ilustración era menor y los rumores cortesanos llegaban aumentados y desprovistos de objetividad. Fue una de las notas más españolas, el aislar las mujeres del contacto exterior. El acercamiento de cualquier forastero a una española era considerado como un insulto. La vanidad y los celos morunos del español se exaltaban ante lo que consideraba propio y no quería en su personalismo, ser sustituido por nadie que no fuera del país.

     La inseguridad y peligro de los tiempos se unían para hacer más difícil la situación del viajero. Rosmithal cuenta en su Viaje haber sido asaltado hasta tres veces en sus posadas. La precaución de no salir nunca solos hízose general cuando alguien cruzaba la frontera como medida de seguridad general. Los caminos en Galicia eran peligrosísimos y los hurtos de los más corriente. En Castilla donde la paz era general en el campo, por ser más fuerte la jurisdicción real, el viajero iba tranquilo pero el peligro empezaba cuando entraba en pequeñas aldeas o en las ventas. Los forasteros -decía Conrado de Bemelberg en 1599- son muy bien recibidos, con burlas y matracas. Malaventurado aquel que no entiende su lengua y menos dichoso quien no la habla porque el primero estará sin cenar, aunque amanecerá sin deuda y el segundo no hará poco en buscársela y corriendo de casa en casa para cohecharla como los pobres la limosna y servirá de pasatiempo a los niños en la plaza (3).

     En las ciudades fronterizas la reacción era diversa, desde Sobieski que fue robado impunemente en Pamplona, cuando un militar le enseñaba la ciudad mientras la mujer e hijas le abrían las maletas con una llave idéntica a la entregada al noble polaco, hasta el caso de Martir, Obispo de Arzendjan, alojado en Fuenterrabía; a fines del Siglo XV, que vio asombradísimo al matrimonio que le hospedaba pedir limosna para él y por él (4).    

        Las grandes urbes eran más generosas. Así en Burgos, según confesaba el humanista Lucio Marineo Siculo, la gente es muy amorosa con los extranjeros y sufrida con los huéspedes. En el reinado de Felipe II decía el veneciano Badoaro, que los españoles tienen la costumbre de agasajar mucho al forastero y si alguno de estos llega a algún incidente personal, todo el mundo sale a su defensa porque aparte de otros defectos, ostentaban como su más saliente virtud la hidalguía. Sin embargo, no debía tocarse el tema nacional. Vélez de Guevara recoge en el inmortal «Diablo Cojuelo», una típica escena de vanidad patriótica. El estudiante don Cleofás y el diablo están comiendo con un francés, un inglés, un italiano y un alemán en la venta de Darazutan en plena Sierra Morena y se enzarzan en una discusión que la travesura del Cojuelo convierte en riña. El motivo fue decir D. Cleofás que España estaba en guerra con todo el mundo para ponerlo a los pies de su Rey. Compara al monarca español con un generosísimo lebrel, luchando y poniendo en fuga a unos gozques que son los Reyes contrarios.

 La abundancia de extranjeros en el siglo XVII, no dejó de asombrar a los españoles que calificábanles de holgazanes por venir de este modo a orlar los caminos, demostrando en ello una total incomprensión del viajar por placer que los españoles no sentían, si no implicaba en ello un fin particular o material. La entrada de forasteros en la Monarquía disminuyó en la ruta jacobea, pero fue incesante hacia la Corte y Andalucía. Estos eran recibidos bajo dos denominaciones, la de viajero por seguir una vía o camino y la de pasajero, por ser pasados de un punto a otro a través del mar. Es curioso registrar que el sentido peyorativo de la palabra huésped, aplicado al mesonero, cuya fama era comparable a la de Gestas, el mal ladrón, encontró una réplica popular en denominar también huésped a la persona alojada en casa ajena. La etimología de la palabra es latina y de idéntica raíz que hostis, extranjero, enemigo. Bajo el sobrenombre de haspes fue adorado Júpiter, como dios tutelar o protector de los mesones y viandantes.

    El Barón de Rosmithal es el primero a quien corresponde el adjetivo de turista y su interesante viaje nos da abundantes detalles íntimos de la España del Siglo XVI (5). Entró en España por Vizcaya, pasando a Santiago, Extremadura, Toledo, Madrid, Calatayud, Zaragoza y Barcelona. El protestantismo corta en parte las peregrinaciones a Santiago y cuando llegan gentes forasteras lo hacen no sólo por impulsos caritativos sino también por curiosidad o placer. La lista de apellidos ilustres continúa con el trinitario Roberto Gaguín, Bernardino Ochino, Manier, etc. La mayor parte de los viajeros alargan sus visitas hasta otras regiones meridionales. Señal de que va faltando la pureza final de las peregrinaciones medievales. Pensemos un momento en las diversas clases de personas que ha catalogado Farinelli, García Mercadal o Foulché-Delbosc para tener idea de la impresión recíproca que sufrieron los habitantes de la península; Eustaquio de la Fosse, comerciante flamenco; Popielovo, embajador de Polonia ante Carlos I y el obispo de Arzendjan, Montigny, Guicciardini, Marineo Siculo, Mártir de Anglería que vinieron al servicio de la Corona española; el célebre autor del «Cortesano», Baltasar de Castiglione; los embajadores venecianos, Navaggiero, Contarmi, Badoaro, Tiepolo, Gonfalonieri; Brantôme, el ilustre escritor francés; el Abab de San Vaast, Filiberto de Saboya y numerosos personajes de sangre real. Los Nuncios papales, soldados mercenarios como Erich Lassota de Steblovo y Cook, arquero de Felipe II son un ejemplo (6).

         En el Siglo XVII pisan nuestro suelo, Bartolome Joly, limosnero de Enrique IV de Francia; lord Nottingham, embajador de Jacobo I de Inglaterra; el futuro Garlos acompañado de su favorito Buckingham, Jacobo Sobieski padre de reyes; Rubens el pintor; Voiture, Saint Amant el poeta, el Cardenal de Retz, Brunei, el Abate Bertaut, la célebre mentirosa Condesa D'Aulnoy. Pensemos también en los séquitos diplomáticos como el del Duque de Grammont que vino a pedir la mano de la infanta Maria Teresa, para esposa de Luis XIV; los mercaderes, comisionistas, aventureros etc. que convirtieron a España en lugar de peregrinación turística o de negocio político y comercial (7).

                                                        José María Sánchez Diana.         Chronica Nova 7, 1972, 35-93

(1) GARCIA MERCADAL: España vista por los extranjeros, III, pág. 43.

 (2) ALTAMIRA: Historia d España. III, pág. 483; NARCISO ALONSO CORTES: Condición Jurídica del extranjero en la Edad Media, 1900.

 (3) LUDWIG PFANDL: Introducción al estudio del Siglo de Oro, Barcelona 1929; CAYETANO ALCÁZAR: Las comunicaciones en la época de los Reyes Católicos, Homenaje a Isabel la Católica en Madrigal de las Altas Torres. Madrid 1953. Instituto de Estudios Africanos, pags, 55; G. MENENDEZ PIDAL: Comunicaciones en tiempo de los Reyes Católicos, Conferencia sobre la Política Africana VI, pags. 91-105,

 (4) GARCIA MERCADAL: Ob. Cit. III, pag, 9 6.

 (5) GARCIA MERCADAL: Ob. cif. I, pág, 110; A. M. FABIE: Viajes por España y Portugal del barón Rosmithal de Blatna, Revista España, XXXV 1873, págs. 176-241; Hay versión inglesa de 1957 por Malcom Letts, Cambridge.

 (6) Relación de Miguel Soriano, embajador de Venecia, B. N. manuscrito E-93, folio 1 X-136, folio 25-26; E-126, folio 44, 137- Relación de Enrique de Cok. Viaje hecho por Felipe II en 1535 a Zaragoza, Barcelona y Valencia» Madrid» 1876; Jornada de Tárázoná hecha por Felipe II Madrid, 1879,

(7) David Loth, Viaje de Cosme de Medícis por España y Portugal, Centro de Estudios Históricos; Viaje de Antonio de Lalaing señor de Montigny, Collection des voyages des souverains des Pays Bas, Bruselas, 1876, I, pag 121-305; BARTOLOME JOLY, Viaje a España, París, B. N. manuscrito 24.917. Reseña en Revue Hispanique, XX; Relación del viaje de Grammont, por Andrés García de la Iglesia, B. N. de Madrid, manuscrito, 18,406; Convite que hizo el Almirante dé Castilla Juan Alonso Enriquez de Cabrera al Duque, B. N. manuscrito, 18.400 RODRIGÜEZ VILLA: Dos viajes regios, 1678, Boletín de la R. A. Historia, 1903; E. Carreras Candi, Carlos María de Saboya en el carnaval de Barcelona (1585) Cultura Española, 1908, Febrero.

    

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